laSama.co

Quien te conoce te ama.
Quien te vive te añora.

La guía de Santa Marta: las playas entre la ciudad y el Tayrona, la comida que solo se consigue aquí y la Sierra Nevada a media hora del mar.

Desde 1525

Qué es laSama.co

La ciudad más antigua que sobrevive en Colombia, sembrada en el único punto del planeta donde una montaña de casi seis mil metros cae directamente sobre el mar Caribe.

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¿Qué es Santa Marta?

Un idilio geográfico

Santa Marta no se explica: se siente. Es el lugar donde la montaña más alta del mar bajó a mojarse los pies, donde el agua dulce y la salada se confunden sin pedir permiso, y donde el sol se despide cada tarde como si nunca fuera a volver.

Hay ciudades que uno visita.
A esta uno vuelve, aunque no haya venido nunca.

Aquí ocurrió algo que no ocurrió en ninguna otra parte. Tres mundos que en cualquier otro lugar del planeta viven separados por miles de kilómetros —la nieve, el manglar y el arrecife— decidieron encontrarse en un solo abrazo. La Sierra Nevada baja de golpe, sin escalas, hasta meterse en el mar Caribe; y en el camino se detiene a dejar sus aguas en la Ciénaga Grande, ese laberinto de raíces donde nace casi todo lo que después se come en la ciudad.

De ese idilio nació todo lo demás: los pueblos que llamaron a esta montaña el Corazón del Mundo y todavía la cuidan; las especies que quedaron encerradas en la altura y se volvieron únicas; el pescado, el café, el acordeón; y esa manera samaria de vivir con el mar de un lado y la sierra del otro, como si fuera lo más normal del mundo.

La confluencia

Al oriente se levanta la Sierra Nevada de Santa Marta, la montaña costera más alta del mundo. Sus dos cumbres, los picos Cristóbal Colón y Simón Bolívar, alcanzan los 5.775 metros y están a poco más de 40 kilómetros de la playa en línea recta. Eso significa que hay nieve permanente a menos de 11 grados del Ecuador, algo que no ocurre en ningún otro lugar del planeta con esa cercanía al mar. La Sierra además es un macizo aislado: no forma parte de los Andes, se levantó sola. Por eso funciona como una isla montañosa, y las especies que quedaron atrapadas allí evolucionaron aparte. La UNESCO la declaró Reserva de la Biosfera en 1979.

Al suroccidente está la Ciénaga Grande de Santa Marta, el complejo lagunar costero más extenso de Colombia. Allí el agua dulce que baja del río Magdalena y de la cara occidental de la Sierra Nevada choca con el agua salada del Caribe y produce manglar: la guardería del mar. Buena parte del pescado que llega a las mesas de la ciudad se cría en ese laberinto de raíces. Es sitio Ramsar de importancia internacional.

Y al frente, el mar Caribe, con arrecifes de coral, praderas de pasto marino y bahías que en el Tayrona todavía tocan el bosque seco tropical, uno de los ecosistemas más amenazados del país.

La escalera

La consecuencia práctica de esa geografía es que Santa Marta comprime en un trayecto de mañana lo que a otros países les toma miles de kilómetros:

  • 0 mArrecife, manglar y bosque seco tropical — Tayrona, Ciénaga Grande
  • 600 mBosque húmedo y cafetales — Minca
  • 1.800 mBosque de niebla — Ciudad Perdida, La Tagua
  • 3.100 mAlta montaña y frailejones — Cerro Kennedy
  • 4.500 mPáramo — cuencas altas
  • 5.700 mNieve y glaciar — picos Colón y Bolívar

Cada uno de esos pisos tiene su propia temperatura, su propia lluvia y sus propias especies. Por eso la Sierra concentra una densidad de especies únicas que pocos lugares del mundo igualan: las fuentes científicas registran entre 23 y 28 especies endémicas estrictas —que no existen en ningún otro lugar del planeta— y entre 7 y 36 más consideradas casi endémicas o compartidas solo con zonas muy cercanas. El rango varía porque cada revisión taxonómica reordena la lista. Todas ellas están a una hora de carro del centro de Santa Marta, y esa es la razón por la que Minca se llenó de observadores de aves antes que de turistas de playa.

Los picos nevados de la Sierra Nevada al atardecer, sobre el bosque y el río
La única sierra nevada frente al Caribe. Los picos Cristóbal Colón y Simón Bolívar, a 5.775 metros, están a poco más de 40 kilómetros de la playa en línea recta.
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Pasado Indígena

Teyuna y los que estaban antes

Mucho antes de que llegara la primera vela española, en estas montañas ya había ingeniería. Los taironas construyeron una ciudad de piedra en una ladera de selva húmeda, y el drenaje que le hicieron todavía funciona.

Teyuna —lo que hoy llamamos Ciudad Perdida— se empezó a levantar alrededor del siglo VIII o IX de nuestra era, varios siglos antes que Machu Picchu. No es una pirámide ni un templo aislado: es una ciudad completa, con más de un centenar de terrazas circulares talladas en la pendiente, escaleras de piedra, muros de contención y una red de canales que desvía el agua de las lluvias para que la montaña no se venga abajo. Construir en una ladera que recibe lluvia casi todo el año, y que aún hoy se sostiene, es la parte del asunto que suele pasarse por alto.

Teyuna tampoco estaba sola. Era el nodo de una red de poblados unidos por caminos empedrados que bajaban hasta la costa. Los taironas trabajaban el oro con una finura que todavía se estudia, tejían, y organizaban su territorio en pisos: pescaban abajo y sembraban arriba.

Los cuatro pueblos de hoy

De ese mundo descienden los cuatro pueblos que habitan la Sierra en la actualidad: kogui, wiwa, arhuaco (ika) y kankuamo. No son un recuerdo del pasado ni una atracción turística: son comunidades vivas, con gobierno propio, que consideran la Sierra el corazón del mundo y se llaman a sí mismos hermanos mayores. Según Parques Nacionales, cerca de 70.000 personas de esos cuatro pueblos habitan hoy el macizo. Ellos nunca «perdieron» a Teyuna. La ciudad fue abandonada tras la conquista, pero las comunidades siempre supieron que estaba ahí; quienes la «encontraron» en 1972 fueron saqueadores de tumbas.

No fueron los únicos

Reducir todo el pasado indígena de la región a «los taironas» es un error frecuente. Antes de la llegada española convivían aquí varios pueblos:

  • Los chimilas, en las llanuras hacia el río Magdalena y la ciénaga.
  • Los bondas, en el valle que hoy lleva su nombre, uno de los poblados que más resistió a la ocupación.
  • Y el propio nombre «tairona» cubre en realidad una confederación de pueblos distintos —Gaira, Taganga, Mamatoco, Masinga, Bonda—, cada uno con su cacique.

Esos nombres siguen vivos: hoy son barrios, corregimientos y playas de Santa Marta. Quien va al Rodadero está yendo a la antigua Gaira, y quien toma una lancha en Taganga sale del mismo puerto que usaba un pueblo tairona hace mil años.

Antes de entrar al territorio

La Sierra no es un parque vacío: es territorio habitado y gobernado. Las comunidades han establecido protocolos que todo visitante debe cumplir, y que los operadores serios explican antes de salir.

  1. Respeto cultural. No se toman fotografías a personas indígenas, a sus viviendas ni a los poporos sin autorización expresa.
  2. Cuidado ambiental. Toda la basura que se genere durante la caminata se empaca y se devuelve hasta Santa Marta.
  3. Pedagogía territorial. Se respeta la Ley de Origen y la cosmovisión del Corazón del Mundo de los pueblos de la Sierra.
  4. Exclusividad legal. El recorrido no se hace por cuenta propia: exige contratar un operador certificado por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH).
  5. Logística comunitaria. Los campamentos, la alimentación y la proveeduría funcionan en coordinación con los habitantes de la zona.
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Colonización

Rodrigo de Bastidas, ida y vuelta

Bastidas vio esta bahía por primera vez en 1501. Volvió a fundarla veinticuatro años después. Entre una cosa y otra pasó por un naufragio, una cárcel y un juicio en España.

Rodrigo de Bastidas era sevillano y no era militar: era escribano y comerciante. En 1501 armó una expedición propia y navegó la costa desde la península de La Guajira hasta el golfo de Urabá, acompañado por el cartógrafo Juan de la Cosa —el mismo del mapa de 1500— y por un joven llamado Vasco Núñez de Balboa. Fue el primer europeo en ver esta bahía.

El viaje terminó mal. La broma, un molusco que perfora la madera, le comió los cascos de los barcos y la expedición encalló en La Española. Allí el gobernador Francisco de Bobadilla lo acusó de comerciar con los indígenas sin entregar a la Corona la parte que le correspondía, y lo mandó preso a España. La Corona lo absolvió y hasta le reconoció una renta.

El regreso

Pasaron más de veinte años. En 1524 Bastidas obtuvo la capitulación para gobernar la provincia que él mismo había explorado de joven, y el 29 de julio de 1525 fundó Santa Marta en la bahía donde había fondeado por primera vez. Tenía ya más de sesenta años.

Su método fue el rescate: comerciar con los pueblos de la costa en vez de saquearlos. Prohibió a su gente entrar a los poblados indígenas a robar.

Esa política es la parte de la historia que más se recuerda en la ciudad, y está documentada. También fue la que lo mató. Su tropa esperaba oro rápido, y la disciplina que Bastidas les impuso terminó en una conspiración encabezada por su propio teniente, Pedro de Villafuerte, que lo apuñaló mientras dormía en 1527. Malherido, se embarcó hacia Santo Domingo y murió en el camino, en Santiago de Cuba. Sus restos reposan en la catedral de Santo Domingo.

Lo que vino después

Conviene decirlo con honestidad, porque le da autoridad al relato: la moderación de Bastidas fue personal y duró lo que duró él. Los gobernadores que lo sucedieron usaron a Santa Marta como base para las entradas hacia el interior, y en pocas décadas los pueblos de la Sierra y la llanura fueron diezmados por la guerra, el trabajo forzado y las enfermedades. La ciudad además quedó expuesta al mar abierto y fue saqueada varias veces por piratas, lo que explica por qué siendo la más antigua no fue la más próspera.

Verificar: las fechas de la capitulación (1524) y del asesinato (1527), y el lugar exacto de la muerte, tienen pequeñas variaciones entre fuentes. Antes de publicar, contrastar con el Banco de la República o con una historia regional citable.
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Magdalena, Guajira y Cesar

El Magdalena Grande

Hasta hace sesenta años, Valledupar y Riohacha eran municipios que respondían a Santa Marta. El mapa cambió; la cultura, no.

Durante buena parte de la historia republicana, el departamento del Magdalena —el Magdalena Grande— cubría lo que hoy son tres departamentos: Magdalena, Cesar y La Guajira. Santa Marta era la capital de todo ese territorio, desde la Sierra hasta el desierto guajiro y desde el río Magdalena hasta la frontera con Venezuela. La Guajira se separó como departamento en 1964 y el Cesar fue creado en 1967.

La división administrativa fue reciente, y por eso no alcanzó a partir lo que compartían: el ganado, el comercio, las familias y, sobre todo, la música.

Escalona y el Liceo Celedón

El caso más citado es el de Rafael Escalona. Nacido en Patillal, en el actual Cesar, vino a estudiar al Liceo Celedón de Santa Marta, que entonces era el colegio de referencia de toda la región. Aquel viaje no era ir a otro departamento: era ir a la capital del propio.

Ese vínculo quedó grabado en su obra. En El Testamento, el narrador se despide de una muchacha porque la radio anunció que el Liceo abrió sus puertas y él, como estudiante, tiene que irse; a cambio le deja un paseo de recuerdo. La canción es, literalmente, un samario y un vallenato en la misma frase.

De ahí en adelante la relación no se rompió: el acordeón se toca en Santa Marta como propio, y el samario más conocido del mundo, Carlos Vives, construyó su carrera sobre ese repertorio antes de llevarlo a escala global.

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Unión Magdalena

El Ciclón Bananero

Un equipo que ha bajado y subido de categoría más veces de las que sus hinchas quisieran contar, y que sigue llenando el estadio igual. En Santa Marta el Unión no se explica por los títulos.

El Unión Magdalena nació en 1953 y se ganó el apodo de Ciclón Bananero por la industria que movía la región. Su gran temporada fue 1968, cuando se coronó campeón del fútbol profesional colombiano. De sus divisiones inferiores y de los potreros de Pescaíto —el barrio de pescadores donde también nació Carlos «El Pibe» Valderrama— salió una cantera de futbolistas que terminó marcando el fútbol colombiano entero.

El Eduardo Santos

El estadio Eduardo Santos es el emblema del club y de la ciudad: está metido en el casco urbano, cerca del mar, y durante décadas fue el punto donde el samario se encontraba consigo mismo un domingo por la tarde. Con los Juegos Bolivarianos de 2017 se sumó el estadio Sierra Nevada, pero el Eduardo Santos conserva la carga afectiva.

Pitán Pitán

En 1999, Carlos Vives compuso Pitán Pitán para el club. La canción cuenta el domingo de un hombre de Pescaíto que sale a pescar, va a misa y termina en el estadio; y le hace un guiño a la sirena de Balín. Es, en la práctica, el himno popular del equipo: se canta en la tribuna y hasta se ha cantado en actos públicos con el propio Vives. Que el artista más internacional de la ciudad le haya escrito una canción a un club que la mayoría de las veces está en la B dice bastante sobre lo que significa el Unión aquí.